miércoles, 23 de julio de 2008

NOTA EN DIARIO CLARIN

COMO BLANCA DIOSA" Sandro y su gran secreto con Rosa
En la ficción, escrita por Daniel Dalmaroni, el cantante tuvo un hijo con la mujer que le inspiró su canción más famosa. Por: Hernán Firpo
DUFAU, TALESNIK, CANIGLIA Y DOPAZO FORMAN PARTE DEL ELENCO DE UNA OBRA QUE TIENE UN COMIENZO ANTOLOGICO Y MUY BUENAS LINEAS DE DIALOGO.
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Cabe imaginar que una obra homenaje a Sandro podría estar dándose en continuado, función tras función, mes a mes, año a año, y que por eso esta noche, en la puerta del teatro, hay un grupo de nueve mujeres, todo ansiedad y cuchicheo. Las "nenas" revientan el Gran Rex, se van a hasta Banfield para soplarle las velitas al ídolo y nomás se enteran de alguna otra cosa relacionada con Roberto Sánchez salen corriendo porque "cómo decirte -piensa una, en voz alta-, es escuchar su nombre y sentir un temblor acá, en la panza. Sandro es amor, ¿sabés? En serio. Es como el peronismo".

En Como blanca diosa, Sandro tuvo una hija con una de sus nenas, pero, shh, ni una palabra a nadie. Secreto de nena a nena. Y no de cualquier nena. Secreto de Rosa, tan maravillosa. Rosa (Graciela Dufau) tiene un alter ego, Ema, y una amiga del alma, que es Milvia (Cecilia Dopazo). Cuando Milvia escucha lo que escucha se lleva la mano del asombro a la boca y pide detalles. Todo, todo quiere saber. Rosa/Ema es categoría primer hervor por El Gitano y, de a poco, irá contando los códigos que la unen con Sandro. Hablará del sistema de encuentros furtivos, de las cartas -claro que sí- de amor.

Dopazo compone al personaje más corrido del prototipo chica-linda-que-se-banca-cualquier-pla

no. Después de cuatro años vuelve haciendo comedia con una máscara tilinga que tacha cualquier semejanza con el pasado reciente. La obra escrita por Daniel Dalmaroni -y dirigida por Hugo Urquijo- avanza entre el costumbrismo, los enredos y una pulida fritura ambiente de decorado con florcitas, mate listo y camisas hawaianas.

Tras un comienzo antológico, la puesta se bifurca en dos direcciones: una, narrativa; y otra, digamos, más psicologista, donde los personajes se ven envueltos en una curiosa seducción por la "bipolaridad" y sus secuelas. Nada serio, todo muy cifrado onda peluquería o revista del corazón, con divertidas líneas de diálogo. Pero las manías y las depresiones, más cierta idealización y un crescendo alucinatorio en el texto, de a ratos tienen la desafortunada capacidad de hacernos olvidar del homenaje al ídolo.

Sin embargo, a simple vista, hay algo que hace más "ruido" que tanto desencuentro anímico: los nombres de los personajes masculinos. Ricardo Talesnik y Néstor Caniglia se llaman Wash y Clif, como si Neil Simon hubiese metido la mano, ¿o no?

"Yo no toco ni una palabra del texto", nos dice Urquijo, el director. "Respeto siempre el libro y creo que ese detalle de aparente inverosimilitud en los nombres es algo deliberado que forma parte de la producción de sentido de una obra basada en el despropósito. Las parejas desparejas, las torpes infidelidades, si Rosa es Ema, si existe tal hijo, si esto está pasando, qué es Sandro en definitiva...".

En este juego de identidades que se cruzan y confianzas que empiezan a desaparecer, la apuesta termina subiendo y termina en una apelación constante a la duda.

Así, hay una escena que adquiere una poética eficaz e imprevista donde Sandro podría convertirse en una metáfora definitiva de la enajenación. Una de sus nenas parece ser abducida por un haz de luz y dice más o menos esto: "Si mi marido no cree que me fui con un extraterrestre, ¿cómo me va a creer que estuve con Sandro?"

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